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EL FUTURO DEL ACEITE DE OLIVA EN PELIGRO POR SU “ACELERADA BANALIZACIÓN”

El aceite de oliva es una pieza clave de todo el sector agroalimentario español, con una producción de más de 1,2 millones de toneladas anuales y un valor por encima de los 4.000 millones de euros. De su desarrollo dependen regiones enteras, decenas de miles de agricultores, un buen número de cooperativas agrarias, y hasta una parte de la imagen exterior de la marca España, asociada internacionalmente a este producto. Sin embargo, el aceite de oliva está sometido a un proceso acelerado de banalización, de desprecio de su valor real, que pone en peligro el futuro de todo el sistema agrario e industrial vinculado a este producto y justo en un momento en el que se manifiestan amenazas y riesgos severos para el sector como el incremento de la producción, la caída de precios y una reducción del consumo. Esta es la principal conclusión de un informe elaborado por el Instituto Coordenadas de Gobernanza y Economía Aplicada sobre la viabilidad del sector del aceite en España.

El informe señala que el aceite de oliva no tiene futuro si se mantiene la actual estructura comercial orientada exclusivamente a competir por precio, siempre a la baja, eliminando cualquier valor añadido que tiene este producto excepcional. La banalización del aceite de oliva como una commodity de grasas es una tendencia suicida en la que están implicados muchos actores, señala el informe del Instituto.

Uno es el sistema comercial. El aceite de oliva se ha convertido en un producto reclamo, un producto gancho para atraer compradores a las grandes superficies comerciales. Esta estrategia elimina cualquier valor añadido que pueda tener el aceite, señala el informe del instituto y es uno de los elementos básicos de la banalización del producto. El aceite de oliva está en todas las oferta s de “compre tres y pague dos” o de “la segunda unidad a mitad de precio”, como si fuese algo que se puede casi regalar sin excesiva pérdida para el comercio. Esa banalización, según el Instituto Coordenadas, se manifiesta en el protagonismo que tiene el aceite de oliva en las marcas blancas. El 62% del aceite de oliva que se vende en España tiene marca del distribuidor. En España está aún prohibida la venta a pérdida, y un análisis de precios de las diferentes variedades que se venden en las grandes superficies con marca del distribuidor señala unos precios que son apenas unos céntimos por encima de los precios en origen; lo que confirma la agresividad de los grandes de la distribución para reducir ganancias y eliminar al máximo cualquier valor del aceite para transformarlo en una eficaz herramienta de atracción de clientes, al precio que sea. Lo lamentable de esta situación, señala el informe del Instituto, es que esta tendencia se está internacionalizando, poniendo aún en mayo riesgo el futuro del aceite de oliva español, primer productor mundial, al extenderse la idea de producto sin valor y utilizable en cualquier estrategia comercial. En Alemania el 75% del aceite de oliva se vende con marca blanca; en Italia, el 27%; en Estados Unidos, el 40% y en Francia el 43%.

Cuando más del 60% del aceite de oliva se vende sin marca, como producto de oferta o de reclamo sin valor añadido aparente; cuando se han incorporado a la producción más de 180.000 nuevas hectáreas de olivos; cuando con un buen año climático pueden salir al mercado más de medio millón de toneladas nuevas de aceite; cuando toda la presión comercial se focaliza en el volumen, vender a cualquier precio, se dan las condiciones para una tormenta perfecta que comprometa todo el futuro del negocio del aceite de oliva en España, señala el infirme del Instituto Coordenadas. Otro actor implicado en la banalización del aceite de oliva es el propio sector olivarero productor. No hay una sensibilización por producir aceite de alta expresión máxima calidad. El informe del Instituto no entra en el análisis de las razones que puede haber para ello, se limita a constatar que casi la mitad de la producción de aceite de oliva en España es aceite lampante. Un aceite que no se puede consumir tal y como sale de la almazara. Es un producto rancio, que hay que refinar para convertirlo en un producto oleaginosos inodoro, incoloro e insípido y al que hay que añadir una cantidad de aceite virgen extra para que tenga sabor, color y olor a aceite y se pueda vender como aceite de oliva. Con un aceite de baja calidad inundando el mercado es imposible avanzar en la creación de valor para el aceite de oliva. Sólo las variedades de aceite de oliva virgen extra y oliva virgen pueden aspirar a protagonizar una valorización del producto, señala el informe del Instituto.

Un tercer actor implicado en el proceso de banalización del aceite de oliva es el propio consumidor. El informe del Instituto señala que ni el 10% de los consumidores son capaces de indicar las diferencias entre un aceite de oliva, un oliva virgen extra y un oliva virgen. Todo se considera aceite de oliva y lo que importa es el precio a la hora de comprar. La acentuada volatilidad de los precios del aceite de oliva hacen bascular los niveles de consumo y en estos momentos se produce una reducción del consumo del orden del 15% respecto a hace un año. El aceite de oliva no se percibe como producto de calidad y se compra si no sube demasiado su precio; si lo hace, se compra girasol, señala el informe del Instituto.

Para Jesús Sánchez Lambás, vicepresidente ejecutivo del Instituto Coordenadas, “es imprescindible parar el proceso de banalización y exigir la protección del producto desde las administraciones con competencia para generar valor añadido y excelencia. Hay que involucrar a todos los sectores afectados. El aceite de oliva es cultura y un producto singular de nuestra agricultura y lideramos su producción a nivel mundial. Necesita máxima calidad para sustentar cualquier operación de revalorización, de reputación”.  

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